jueves, 22 de octubre de 2020

Poesía en la tormenta – Lanzallama, por Natacha G. Mendoza

Poesía en la tormenta – Lanzallama




Hay violencia en sobrevivir a estas letras, mejor morir en ellas (Selección de textos) Por Natacha G. Mendoza 

Cierra bien la puerta, que no entre la guerra de cada mañana, ni los truenos de la última tormenta; ciérrala con todas las llaves, con veinte cerrojos, te ayudaré con ese tablón. Quiero que vivamos en este espacio para siempre, alejados de los gritos; vamos a escondernos bajo la cama, o mejor la rompemos, total, el amor se nos está derramando, y no habrá manera de sobrevivir a todo esto.

*

La tormenta se había formado, pero ella insistía en ignorar su violencia. “No es para tanto” repetía mientras miraba a través del ventanal. Su figura se vestía de milagro, aquel fondo gris, mojado y desparejo, la elevaba a una potencia inexplicable. Nunca entendí las matemáticas, tampoco soy un tipo de letras, más bien me arrastro tras sus palabras, ella dice “no es para tanto” y a mí los truenos que están bombardeando el jardín me parten en mil. Ya lo he dicho, odio los números cuando de ella se trata, cuando debo explicar la cantidad de veces que la miro al día, o la suma de sus manos dibujando mi espalda. Odio las palabras porque están lejos de la realidad que vivo, cuelgan por los tejados, se burlan, mientras intento decirle, “hace lluvia torrencial, aléjate de esa ventana” y es mentira, porque el torrente está en mi boca, sin que pueda explicarle con esta voz lo que supone tenerla cada día cerca, y claro, hay tormenta, se quiebran techos, las ramas caen con violencia, y ahora el viento casi huracanado, así como las matemáticas o las letras, o este amor que se dedica a dejarme de rodillas mientras ella insiste… “no es para tanto”.

*

Nunca conocí a Dios. Siempre lo imaginé alto, barba larga y con barriga. No sé, hay gente que asegura conocerle bien. Otros, lo han perdido en alguna plegaria. No he podido encontrarlo, para decir verdad, no he puesto ningún empeño. Quizá me de igual todo ese rollo de un ser superior que de alguna forma vela pro nobis pecadores y bla, bla. Cuando era niña, prestaba mucha atención a los cuentos. Mi abuelo narraba historias, mi padre las gritaba, y mi madre, las mentía. Ahora, en esta soledad tan pulcra, me doy cuenta de que nunca conocí a ese Dios, siempre fueron otros los que hablaban de él. O tal vez, esté equivocada, y aquel día que vi a Juan, y me enamoré para siempre, no sé, ese día todo parecía un milagro, hasta la luz soltaba estrellitas, y Juan se cubría con todo ese escenario, y yo me arrodillé… yo me sigo arrodillando.

*

El cambio climático azotando mi ventana, los libros apilados en el suelo, este despeinado aullando por los hombros. Debo entender que los lunes tienen esa especie de invierno incorporado, esa sintonía que se repite y repite desde que te levantas hasta que mueres en el sofá. Tengo un lunes en cada hora, un lunes en el café, se me enreda otro en el cajón de las bragas. Hay lunes en todas las estanterías, en mis uñas y en el grito de un portazo. No puedo recordar dónde he dejado mi peine… debo salir, los lunes están apoderándose de esta casa, de mis papeles, del tiempo que choca contra el reloj de pared. He olvidado tu nombre junto a la mesa de luz, iré a buscarte para utilizarlo, quiero desarmar la semana, deshacer cada hoy, contigo.

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Me arde la sangre que no te toca.

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Me pregunto si algún día, podré regresar a la vida después de haber soñado tanto.

*

Perdí el tren de las ocho. No hay trenes dónde vivo, pero juro que sentí como pasó delante de mí a toda velocidad, ese vértigo de acero.

*

La tarde me escupía el otoño a la cara. El camino a casa no se hacía largo, simplemente yo no quería llegar, no sé, era uno de esos días en los que la borrachera del trabajo me había dejado con una resaca espectacular y un insoportable dolor de cabeza. No, definitivamente no quería llegar a casa. La calle se estiraba cada vez más, los portones tomaban distancias importantes entre ellos. Me detuve, pensé que entre tanta puerta de hogares dignos podría asomarse alguna entrada al infierno. No tardó en aparecer, y como esperaba, el acceso era tenebroso. Costaba entender que se trataba de un bar, pero el color rojo de sus paredes y las escaleras que descendí lo pusieron fácil. Sin pensarlo mucho me encontré en la barra, mis brazos se quedaron pegados en la superficie, era un sitio sucio, hueco, lleno de botellas vacías, espejos oxidados y una luz amarillenta que te hacía parecer un cadáver. Estaba claro que de ahí saldría con la resaca completamente aniquilada o bien, con las piernas por delante, de hecho hubo un instante en el que pensé que simplemente no saldría…

-¿Y usted señorita, qué diablos quiere tomar?

Sí, era el amo del infierno. Se dirigía a mí para intentar venderme una copa de la manera más educada que le era posible.

-¿¡Qué le pongo!?

-Lo que le de la gana, desde aquí veo que mis posibilidades son escasas.

El tipo sacó su peor mirada, logró intimidarme un poco. Tomó una botella llena de polvo húmedo de la estantería, no había etiquetas. Volvió a enfrentarme, había recogido su mala leche, sólo me miraba de manera desafiante. Entendí de inmediato que me pondría a prueba con el maldito licor que me estaba sirviendo. El líquido tardaba en salir de la botella, algo en su interior dificultaba esa tarea.

-¿Qué es eso que se ve dentro? ¿Un lagarto?

-No.

-¿De qué réptil se trata? Pregunté con ironía.

-Es una cría de serpiente.

El tipo volvió a mirarme con esos ojos. Tenía la certeza de que no tocaría el vaso que me había servido.

-Aquí tiene señorita.

Una sonrisa intentó colarse por sus músculos, pero estos, cansados de estar completamente encabronados, no permitieron nada más. Saqué de mi cartera un billete, lo planté en la barra.

-No tengo cambio- gruñó -Pues yo no tengo otra cosa.

-Si se lo toma, no le cobraré.

Estaba jodida, mi orgullo no me permitiría salir de allí con el rabo entre las piernas, y el estómago me tenía completamente presa del asco.

-Veo que tendrá que pagarme- Susurró.

Sus ojos inyectados en los míos, pendientes de mi fragilidad y del billete de cincuenta que había puesto cerca del vaso. Levanté la cara, acepté su mirada, la enfrenté, la retuve, extendí la mano, tomé el vaso y sin cerrar los ojos apuré el licor de un solo trago. El tipo sonrió, esta vez con toda la cara. Me devolvió el billete, mientras, ese líquido inflamable, recorría mi esófago, y caía en el estómago nublándome la vista…

-¡¿Qué carajo quiere tomar?!

Su voz me hizo reaccionar, las luces del lugar se habían apagado, sentía una humedad cálida por todo el cuerpo…

-¡¿Qué le pongo?!

Quería contestarle, pero mi boca no respondía, no podía ver nada. De pronto sentí como si navegara, todo se movía a mi alrededor…

-¿Qué es eso que se ve dentro de la botella? ¿Un lagarto?

Esa, no era mi voz…

-No. Es una hermosa y atrevida serpiente.

(De Los bares del diablo)

*

Arranqué todas las sombras de tu voz…
soy extranjera en este silencio.

*

Cuando conocí a Lorena, sabía que no regresaría ileso. De hecho, nunca regresé. De niños patinábamos en la plaza mayor, había una explanada circular, nos apretábamos las manos para rodar de forma interminable. No quería mirarla porque sabía que caería sin remedio, me encantaba escuchar su risa, eran hermosos quejidos que rebotaban en la velocidad de nuestras vueltas. A veces, se adelantaba tímidamente, entonces podía ver su pelo ondear como un poema que se le escapaba al viento. Y yo era un preso de esa infancia, de toda la crueldad con la que ejercía nuestra amistad. No sabía estar sin ella, y el patinaje, se transformó en horas de estudio, en ajedrez, en salir a correr juntos, y el verano llegó cuando a Lorena le nacieron los pechos. No supe entenderlo, mi niña era como un credo al que no podía acceder. El calor que nos invadió ese agosto, la llevó bajo mi ventana, con aquel bañador azul. Supe que no saldría con vida de esa noche. Su risa era diferente, había un tono distinto, su mirada, hasta la piel. La mujer que tenía escondida estaba aflorando sin piedad. Yo no sabía cómo sacar al hombre que aún no lo intentaba. Y Lorena sacudiendo el agua para mojarme, mientras la luna la curtía de forma milagrosa. Quise abrazarme para desaparecer, cerré los ojos mareado. Pero ella, que ya tenía cierta hambre, mordió mi boca, no supe seguir sin tropezar con la impaciencia, con su bañador, con el oleaje, no supe aferrarme a su mano mientras patinábamos en círculos, sólo caí, caí… caí tantas veces que ella, no pudo esperarme.

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